Mostrando entradas con la etiqueta Ann-Feta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ann-Feta. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de septiembre de 2010

NANA AL FETO FLAMENCO






NANA AL FETO FLAMENCO
(O Mary Jane sobrecogida tras 12 meses de embarazo)

Ya está aquí septiembre con sus calambres,
y el niño llora con voz de alambre.
Canta, canta, canta, y el miedo espanta.


La uva y la mosca, la mosca y la uva,
y en la despensa una extraña fuga.
Canta, canta, canta, y el miedo espanta.


La sombra en la ventana dice
el tiempo se acaba.
Se acaba, se acaba.


Tu tiempo, mi tiempo,
el tiempo del mundo.
Calla, calla, calla, y el miedo aguanta.

Ann Feta

viernes, 25 de septiembre de 2009

FETOCUENTOS TRADICIONALES (1)


FETINIEVES Y LOS SIETE FETITOS

Según dice el cuento, Fetinieves era una niña muy linda, con su rostro pálido, ajeno a las neuras por los rayos uva y los bronceados de Torremolinos. Fetinieves era inocente (que es una forma de decir que era tonta), justo lo contrario que su madrastra que era malvada. Pero, ¿por qué era malvada? Es cierto que insultaba a sus súbditos, a los que consideraba retrasados y analfabetos (con bastante razón seguramente), pero sobre todo, no nos engañemos, porque era inteligente, y en nuestra cultura la inteligencia femenina se ha relacionado directamente con la maldad. A la madrastra le incordiaba sobremanera aquella niña que, sin ni siquiera saberlo (era tonta, ya lo he dicho) le había desafiado en un tema tan puntilloso como la belleza. La madrastra anticipaba ya el caos que se produciría al llegar a la adolescencia, cuando a Fetinieves le diera por ponerse minifalda y adoptara un estilo tan insufrible como el de Britney Spears. Fue entonces cuando decidió matarla. Y no nos llevemos las manos a la cabeza, porque en los cuentos se mata por bastante menos. Para no mancharse las manos de sangre, la madrastra encargó el trabajo sucio a un cazador. Como todos sabemos, el tipo no cumplió su cometido y abandonó a la niña en el bosque. Aparece aquí un pensamiento muy moderno, utilizado posteriormente por el feminismo barriobajero que se resume en la frase: ya te lo decía yo, no puedes confiar en ningún hombre… Por otro lado, para ser tan lista, la madrastra andaba un poco floja en anatomía, porque imagino yo que el corazón de un cervatillo y el de una niña no deben de ser tan parecidos. ¿O sí? Dios mío, la angustia que me está entrando pensando qué demonios comeremos en los restaurantes “económicos” de menú del día. Ahora llegamos a la parte más excitante del relato; Fetinieves llega a la casa de los enanos. ¿Quién no ha apreciado el contenido erótico de este paisaje en el que la virgen queda a merced de siete machos lujuriosos? ¿Qué tipo de sexualidad practicaban los enanos? ¿Aceptó ella voluntariamente las prácticas realizadas? ¿Fue un castigo por su falta de entusiasmo la condena a realizar las labores domésticas? Cuando la madrastra descubrió que Fetinieves vivía en el bosque, decidió recurrir a la magia para convertirse en una anciana asquerosa y engañó a la niña (que como he dicho no era muy lista), dándole a comer una manzana envenenada. Aquí tenemos a una nueva Eva, sucumbiendo a la tentación. ¿No había tenido suficiente Fetinieves con los enanos? ¿Era realmente insaciable? Para alegría de la madrastra, la niña cayó muerta. Los enanos, privados de su nuevo juguete erótico, persiguieron a la madrastra hasta que se despeñó por unas rocas, y metieron a Fetinieves en una caja de cristal. ¿Que por qué no la enterraron? Pues eso digo, yo… No sé, quizás querían probar alguna práctica necrófila que no llegó a producirse, porque en ese momento llegó el príncipe. El joven venía de la peluquería, y le dio un beso de amor, y bla, bla, bla. Los enanitos acabaron llorando porque la niña se fue con el príncipe, que era guapo y rico, y pasó de ellos olímpicamente, porque la verdad es que aunque no era lo que se dice espabilada, no se veía de esclava sexual y chacha para el resto de sus días. Y colorín colorado este fetocuento se ha acabado.
Ann Feta

viernes, 18 de septiembre de 2009

FETO MEMORIAS (1)

Fui concebido mientras las bombas caían sobre la fábrica de papeles pintados LORITA. El obrero Markus, mi padre, aprovechó el momento de tensión para consolar a la hermosa Agustine, mi futura madre y trabajadora del departamento de contabilidad. Ella no había considerado perder la virginidad de esa manera, de hecho llevaba años resistiéndose a la presión masculina circundante, pero en un momento así decidió que no deseaba llegar al otro mundo con su himen intacto. Se amaron frenéticamente, un poco colocados por el humo tóxico que se extendía ya por toda la ciudad. Un cascote, despedido del tejado ruinoso bajo el que se habían guarecido, golpeó a Markus en la cabeza. Cuando mi madre alcanzó el orgasmo –es una mujer que sabe lo que quiere, que se toma su tiempo-, el cuerpo de Markus perdía su humanidad y afrontaba la rigidez de los difuntos. Ese día Agustine, mientras se recolocaba las medias, descubrió que las mejores historias de amor son aquellas que arrastran tras de sí la tragedia. Markus, que era un poco pendenciero, se convirtió en el amor idealizado, y le guardó el respeto que nunca en vida nadie le había dedicado. ¿Cómo has podido dejarme sola, amor?, lloraba Agustine, mientras del cielo caían pedazos de papel, antes pintado, y ahora más bien chamuscado. Pero estaba muy equivocada; no estaba sola. Yo ya estaba allí, aunque ella no lo supiera, para contarlo todo.

Ann Feta

miércoles, 9 de septiembre de 2009

DEPOSICIÓN 1



Fue un descuido, nada más. No tenía nada que ver con su higiene, que era impecable, pero aquella mañana olvidó tirar de la cisterna. Nunca antes había visto sus deposiciones, pero allí estaba aquella, asomando entre una cordillera de papel blanco, que se mantenía a salvo de la humedad. ¿Qué sentí? ¿Cómo explicarlo? Llevábamos tres años viviendo juntos, y hasta ese momento había pensado que la amaba por encima de todas las cosas. Presumía de quererla como era, incluso cuando se mostraba terca, o descubría una de sus manías –dejaba los vasos de agua en cualquier sitio, o doblaba las páginas de mis libros, en lugar de utilizar un marcapáginas-. Pero la visión de aquella mierda agitó mi corazón como un latigazo. Aquello era parte de ella, y si yo la quería como pensaba, no podía sentir repugnancia. ¿O sí? Aquella caca desafiaba mis sentimientos. ¿Hasta dónde llegaba mi amor? Porque por mucho que me mintiera a mí mismo, aquella visión había sacudido mi estómago, y había provocado en mí la náusea de una mierda desconocida. Cuando yo mismo di rienda suelta a mi aparato excretor poco después, alcancé a ver con claridad. Mi caca era otra cosa; aquella mierda familiar, fea o bonita, me inspiraba ternura. No dejaba de ser una parte de mí mismo. Fui consciente de que la condescendencia que sentía hacia ella, hacia mi caca, nunca podría sentirla hacia la suya.

¿Qué le diría? Lo mejor sería inventar una amante.
Tiré de la cisterna y, embargado por la tristeza de las despedidas, empecé a hacer mi maleta.

Ann-Feta