Soy el feto malayo.
Durante varias semanas, unos terroristas burocráticos me han tenido secuestrado en un instituto de secundaria. Me han obligado a hacer cosas indescriptibles. He asistido a cincuenta claustros seguidos. He puesto quinientas notas de alumnos inexistentes. Me han obligado a masturbarme viendo la foto de la directora. Ha sido la peor experiencia de mi vida, después de que alguien me explicara que los gusanitos están hechos de plástico y quemara unos cuantos delante de mí con un mehchero para que lo comprobase.
Gracias a la intervención de una enfermedad, he logrado escapar de sus garras. Ahora, estoy en condiciones de afirmarlo: He vuelto.
Según decíamos ayer, el tema de nuestro miniensayo versaba sobre los falsos apóstoles de la literatura, o de por qué un microcuentista es un hombre sabio y un literato mediocre. Hoy nos centraremos en concreto en la primera premisa: por qué son hombres sabios. Pues está claro. Porque utilizan su inteligencia al máximo para, con el mínimo esfuerzo, obtener el máximo –de nuevo, ese adjetivo tan pagado de sí mismo– resultado. En definitiva, que mueven el mundo usando de palanca un concepto tan simple como: el buen cuento no tiene por qué ser muy extenso –ni siquiera extenso–, basta con que exprese una idea, aunque fugaz y poco sólida, para convertirse no sólo en literatura, sino en LITERATURA –para los tardos de reflejos, es literatura con mayúsculas, o sea, canónica–.
Hay que joderse, citando a Cela o a mi abuelo que en paz descanse. ¡Hay que joderse! ¡Síííííí, JODERSE! Pues no tengo los dedos pelados de tanto teclear para que me vengan ahora esos mamarrachos a decirme lo que es canónico y lo que no. Hombre, que los microcuentos poseen su belleza, eso nunca lo negaré. Sería una torpeza por mi parte, y más teniendo en cuenta mi marcado carácter iconoclasta. Pero comparar el David de Miguel Ángel –que bonito nombre, por cierto– con un dedo en mitad de un pedestal me parece sacar las cosas de quicio. Voy a decir algo que está muy mal visto –¿desde cuándo me importaron ese tipo de minucias?–, sobre este polémico tema, y de paso fastidiarles un poquito el negocio a esta panda de charlatanes de feria que venden sus microhistorias como si hubieran descubierto la piedra filosofal.
Vamos a ver, chavalines, en el microcuento no hay desarrollo de los personajes.
No hay una trama definida.
No hay descripciones curradas.
No hay un tono mantenido.
Con el microcuento no se puede forjar un esstilo.
No se pueden probar técnicas diferentes.
No se puede, ni siquiera, detallar un acto sexual con un mínimo de pasión. Ahora que he dicho esto, comienzo a comprenderlo todo. Pero más allá de sarcasmos, lo único que quiero decir es que, por mucho que se ensalcen los méritos del microcuento, nunca –NUNCA– podrá tener la calidad de una buena novela o de un buen cuento. No es posible. It's not possible. C'est ne pas posible. Wan chin gao. Auuuuh sikooo manutebol. (Nota del traductor: estas dos últimas oraciones se corresponden, respectivamente, con el cantonés sureño y con el aullido de un lobo aficionado al baloncesto de los ochenta). Pues eso. Que no, hombre, que no. Y si me apuran, diría también –esto podría motivar otra de mis intervenciones justicieras– que un cuento es difícilmente bueno si no sobrepasa las veinte páginas, salvo excepciones honrosas, por supuesto, como La pata de mono (Jackobs), El corazón delator (Poe), Las interioridades (Palma) y Ceremonia (Salmón). Digo estos cuatro porque se me han venido a la cabeza, no porque sean los únicos, por supuesto.
Y para terminar, tras haber justificado convenientemente mi postura al respecto –una postura antisocial, antidiplomática y antigénica–, es decir, tras haber dicho por qué los microcuentistas son hombres sabios y literatos mediocres, voy a probar un haiku-greguería-microrrelato que espero haga las delicias de mis millones de lectores por el mundo entero:
El verde nardo
se acicala
en la pradera desierta de nubes.






