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jueves, 23 de diciembre de 2010

EN EL NOMBRE DEL FETO (MEMORIAS DE UN ESCRITOR FRUSTRADO)

MÚSICA PARA FOLLAR


Cuando el cabrón –con todos mis respetos– de Pota Muerta, eximio editor español de sobra conocido entre los acólitos del mundillo cultureta,

me recibió en su despacho cercano a la Gran Vía madrileña, con motivo de la posible publicación de mi segunda novela en su editorial, Lengua de Trasgo, lo primero que hizo fue mandar a uno de sus lacayos a comprar unas cervezas –de las verdecitas– a una alimentación china. A pesar de su estado de –evidente– ebriedad, entre él y su –no recuerdo el nombre– factótum se dedicaron a demoler mi humilde –pero digna– obra literaria, que comienza como sigue:


Mis oídos estaban más llenos que la vagina de una starlet del porno.


El tipo –verdadero descubridor de nuevos talentos–, que no había leído ni la primera línea de la novela, abrió el fichero en su ordenador y, con la enorme pantalla delante, comenzó a destriparla echando ojeadas aquí y allá como el buen cubero, que tasa a ojo el peso de una arroba de judías. Comenzó –como se suele comenzar– por el principio, es decir, la frase de marras, que yo había situado en ese punto con la –evidente– intención de epatar al lector, de abrirle el gusanillo por decirlo de alguna manera.
Pota Muerta, al que no se le pasó por alto el truquillo, hizo vibrar sus rizos como los calamares de pega hacen vibrar sus tentáculos, preludiando una de sus eximias declaraciones: ¡Pero hombre –es cierto, soy un hombre–, se te ve demasiado el plumero! Esas fueron sus palabras exactas: se te ve demasiado el plumero. Yo, que no sabía a lo que se estaba refiriendo y me hallaba a la expectativa, sonreí estúpidamente. ¿A qué te refieres? Él, ajustándose las gafas de culo de vaso al entrecejo, perfiló un ademán sutil con sus dedos sobre la barba, apenas un rudimento de semana y media, y me dirigió una mirada sarcástica. Pues porque estás matando moscas a cañonazos, hombre –soy, es cierto, un hombre–. Y prosiguió su ínclito razonamiento: mira, chaval –de un plumazo me había degradado en el escalafón–, en esto de la LITERATURA, los escritores suelen utilizar anzuelos, pero es que el tuyo es demasiado evidente. Anda, mira, mira alguno de los libros que he publicado, para que veas lo que es un anzuelo que no se nota.
Y me sacó tres o cuatro libros, en uno de los cuales la primera frase era un guión de diálogo seguido de un: Cállate. ¿Ves?, me dijo, ¿ves cómo empieza? En la primera línea le manda callar al lector, ¿no te parece genial? Hombre, titubeé, pues supongo que sí, es ingenioso. Él asintió, dándole un sorbo más que amplio a su lata. Claro, y mira este otro. Y me enseñó otro libro, en el cual Había la siguiente secuencia:

¿Entonces?
Entonces sí.
¿Sí?
Sí.
Sí.
¿Vale?
Claro que sí.
Sí.
Que sí.
Vamos.
Vale.
Vale.


Yo me quedé estupefacto, con el libro entre las manos, abierto como la vagina de una starlet del porno, y Pota Muerta me miró con una expresión interrogativa o dubitativa, no sabría cómo definirla, y luego miró con desprecio a su factótum, que sonreía estúpidamente, y yo miré al factótum y él me miró a mí y todos nos miramos, en definitiva, sin saber qué estaba pasando por la cabeza de los demás. Y yo intuí –ahora se me antoja– que Pota Muerta estaba vanagloriándose de sus juicios, que el factótum sospechaba que Pota Muerta pronto estaría lo bastante borracho para invitarle a cenar en un italiano de la calle Libertad, y yo me maravillaba de cómo un tipo así podía decidir sobre la carrera artística de tipos como yo. Pensaba, para ser más exactos, en que Pota Muerta debió de ser en algún momento un tipo honrado, uno de esos jóvenes con ideas innovadoras que por falta de talento terminan siendo agentes o productores o editores, y cómo la indecencia se había ido apropiando de aquel hombre joven lleno de ideas y energía hasta convertirlo en el cefalópodo embriagado que tenía delante, que basaba la literatura en trucos y que no se leía las novelas antes de hablar con los autores.
¿Ves?, me dijo, y yo lo que es ver, no he visto demasiado bien nunca, sobre todo desde que me diagnosticaron una enfermedad congénita –suena a genital– en la retina, no obstante inspiré y le devolví el libro animándole a continuar, y él dijo: ¿Ves cómo una idea original puede ser un buen comienzo, siempre que no se exagere? Y yo me pregunté qué idea original había en aquel inicio, aparte de la de no contar nada de nada en las once primeras líneas, y entonces Pota Muerta se recostó, le dio otro trago a su lata y soltó algo parecido a: ha jugado con las expectativas del lector. Eso dijo, y luego afirmó que un buen novelista siempre jugaba con las expectativas del lector, como un buen amante, eso aseguró, un buen amante con el que una tía no sabe nunca cómo va a continuar el asunto, ¿me explico? Eso dijo, y yo me imaginé la figura gordinflona de Pota Muerta sobre una de sus lectoras, sobre una de sus secretarias, sobre la espalda del factótum, sobre el esqueleto de un antílope, y decidí marcharme enseguida pero no lo hice.
Pota Muerta siguió leyendo. Yo bebí un sorbo de mi cerveza, el factótum comentó lo frías que estaban siendo las tardes últimamente, y luego me dijo que la lectora de mi novela había ido a su mesa de fámulo principal para señalarle la primera línea, esa de la starlet del porno, aunque no sé bien si quería decirme que a ella le gustó o que no le gustó, o que le pareció un truco facilísimo, o que a él le pareció un truco facilísimo o que le gustó o no, lo cierto es que Pota Muerta interrumpió nuestra plática. Bueno, el primer capítulo no me parece demasiado potente para comenzar el libro –tras hojearlo durante dos minutos y medio–, así que pasemos al segundo.
Pota Muerta leyó el comienzo del segundo capítulo y se echó a reír. Luego señaló el ordenador y dijo: mira, ésto tiene su gracia. Podíamos comenzar el libro por aquí. Y leyó en voz alta:
¿Quién no sabe lo que haría si acertase una quiniela, si fuera más alto, si tuviera el pelo rubio y los ojos azules o una polla de treinta centímetros? Pero nadie parece saber bien qué hacer con lo que tiene entre manos.



Pota Muerta sentenció: esto no se nota tanto, es más sutil. Y el factótum estuvo de acuerdo. Y yo no dije nada porque me estaban entrando ganas de vomitar. Luego Pota Muerta –de ahora en adelante P. M.–, tras haber decidido por dónde comenzaría mi novela, señaló: ahora vamos a echarle un vistazo global. Y tiró de avance de página hasta que encontró una palabra que le llamó la atención, en concreto el vocablo jazz y leyó lo que ponía y le pareció una mierda de juicio, porque yo decía que el jazz era una música negra o de raíz negra y él sabía de sobra –porque había sido músico de sesión– que el jazz era una música en la que había habido negros muy buenos, sí, pero que habían inventado los blancos. Entonces el factótum levantó la mano como un niño aplicado que se dirige a su profe y cuestionó la afirmación con la misma sonrisa sibilina de siempre, y Pota Muerta se rascó los rizos, al borde de un estallido de cólera, para pedirle que si no sabía de algo que por favor mantuviese la boca cerrada, porque el blues o el gospel o el rock 'n' roll sí que podían tener una raíz negra, pero que el jazz era harina de otro costal, porque una cosa era el color de piel de Miles Davis o de Charlie Parker o de Oscar Peterson o de Louis Armstrong o de Nina Simone o de Billie Holliday y otra muy distinta que ellos hubieran creado el jazz, y el factótum replicó con un tono bajísimo –de reptil o de lombriz o de larva de mosca–, que al menos reconociera que los negros habían sido los mejores intérpretes de jazz a lo largo de los tiempos y que eso TENÍA que significar algo, a lo que Pota Muerta saludó con una carcajada, tachándole de ignorante, porque si él no conocía a músicos blancos, amarillos o indios de jazz no significaba que no los hubiera, y dijo que Tete Montoliú había hecho tanto por el jazz moderno como el mismísimo Thelonious Monk. Y después de aquello, P. M. bebió lo que quedaba de su cerveza y le ordenó al factótum que bajara a por otras tres al chino de abajo, y el factótum se fue y volvió y P.M. continuó demoliendo mi novela con extractos que sacaba de aquí y de allá, que si esto es mentira, que si esto es infantil, que si esto está mal escrito y la crítica nos va a dar candela por el culo, eso dijo, porque los críticos eran una panda de cabrones que confundían un idiolecto con una mala escritura, aunque mi idiolecto, según su juicio –y él se manifestaba a favor de las innovaciones lingüísticas, que quedase claro– estaba muy cerca de una escritura deficiente y me preguntó qué tenía yo que declarar al respecto.


Y yo le dije que lo único que sabía era que el reggae era la mejor música para follar, y P.M. se quedó callado, como si no pudiese creer que le estuviese contestando aquello a su sencilla pregunta, mientras el factótum se reía a escondidas, tapándose la boca, una sorda venganza contra su jefecillo de pacotilla, aquel tipo que se lo follaba a él y a un esqueleto de antílope en mis pensamientos, y P.M. reconsideró lo que le estaba diciendo y buscó reggae en mi novela y leyó lo que ponía y despachó la cerveza, asegurando que jamás había oído nada parecido. El factótum me preguntó si lo había experimentado en mis carnes y yo le dije que no, que me lo había dicho un rastafari puesto de maría hasta las cejas en San Francesc de Formentera, con la firme convicción de las propiedades afrodisíacas de todo lo que rodease a su cultura jamaicana, y que me había hecho tanta gracia que lo puse en la novela.
A renglón seguido me levanté, tendí la mano a ambos, y me largué del despacho, escuchando la voz de P. M. inquiriéndole a su factótum qué mosca me había picado, caminé unos pasos y me quedé quieto en mitad de la penumbra, pues salvo el despacho de P. M. el resto de las estancias de la editorial estaban a oscuras. Por nada del mundo hubiera apelado a P. M. o a su servicial criado –uno tiene su orgullo–, así que escuché el silencio que se instalaba en el despacho de P. M., escuché un sonoro eructo que no supe si atribuir a uno o al otro, me desplacé a pasitos cortos con las manos extendidas –émulo de Frankenstein, de la Momia, de los muertos vivientes– y antes de franquear el último umbral oí al factótum que interpelaba a P. M. con su voz de hippie bienintencionado. Al principio creí que le iba a decir que había estado grosero conmigo, que así no se trataba a los jóvenes autores –él también era joven–, pero sólo alzó su voz aún más humillada que de costumbre para recordarle al eximio P. M. –gurú de la literatura novedosa en castellano, shogum de los inicios con anzuelo, perito en raíces musicales de las corrientes modernas–, que aún no le había pagado ni un maldito euro de las seis cervezas Heineken que ha´biamos consumido aquella noche.
El feto Malayo

sábado, 24 de julio de 2010

MOMENTOS MUSICALES

I. THE POLICE Y LA PSICOPATÍA EN EL AMOR

I’LL BE WATCHING YOU


The Police es uno de esos grupos que tiene el privilegio de haber colocado una de sus canciones en el paraíso de los enamorados de todas las edades. Me refiero, como resulta evidente, a Every Breath You Take. Otras merecedoras de tal honor han sido I’m still Loving You, de Scorpions, Sweet Child of Mine, de Guns ‘n’ Roses, Angie, de The Rolling Stones o, por nombrar alguna otra, Unchained Melody, en la versión de los Richteous Brothers, inmortalizada en la banda sonora de la película Ghost.


Sin embargo, el tema de The Police, bien mirado, no resulta tan idílico como la música hipnótica y la quebradiza voz de Sting pueden sugerir. De hecho, una escucha atenta de la letra revela automáticamente un lado bien oscuro, rayano en lo psicótico, de la canción, que podría interpretarse como una simple declaración amorosa al uso de un chico hacia una chica a la que quiere mucho, a la que podríamos decir que ama… de forma completamente obsesiva.


Every breath you take, and every move you make,

Every bond you break

Every step you take, I'll be watching you


Cada aliento que tomes, y cada movimiento que hagas, cada lazo que rompas y cada paso que dés, TE ESTARÉ VIGILANDO. Porque Watch no es ver en inglés, a no ser que sea la tele. Watch es examinar, estudiar, vigilar. Y es esto lo que hace el personaje de la canción, someter a una estrecha vigilancia a la chica a la que quiere. Pero sigamos, sigamos…


Every single day and every word you say

Every game you play

Every night you stay, I'll be watching you

Oh can't you see you belong to me?

How my poor heart aches with every step you take!


Cada mero día, y cada palabra que digas, cada juego que juegues, cada noche que te quedes, TE ESTARÉ VIGILANDO. Oh, ¿no puedes ver que me perteneces? ¡Cómo se duele mi corazón con cada paso que das…!


Every move you make and every vow you break

Every smile you fake

Every claim you stake, I'll be watching you


Cada movimiento que hagas y cada promesa que rompas, cada sonrisa que finjas, cada vez que trates hacerte valer… te estaré vigilando.


Since you've gone I've been lost without a trace

I dream at night

I can only see your face

I look around but it's you I can't replace

I feel so cold and I long for your embrace

I keep crying baby, baby please


Desde que te has ido he estado perdido sin una señal, cuando sueño por las noches sólo puedo ver tu cara, busco alrededor pero eres tú lo que no puedo reemplazar, me sinto tan solo y anhelo tu abrazo, no hago más que llorar, nena, por favor…


Así que se trata de un tipo que está –claramente– obsesionado con una chica y por eso la vigila día y noche. La persigue en sus sueños, la llama por las noches como un cervatillo herido llamaría a su mamá –no he podido evitar mencionar a Bambi, es uno de mis traumas infantiles– , anhela sus abrazos y llora como un cervatillo herido –vaya, creo que ya lo he dicho, ¡perdón…!

Pues eso, que si lo trasladáramos al campo de la piel de toro, lo pusiéramos en boca de un hombre de sesenta años que se acaba de divorciar de su mujer y tratáramos de que un tribunal lo comprendiera, lo menos que nos caía era una orden de alejamiento de tres kilómetros. Así son las cosas, amigos. Pero es que el asunto no termina ahí.


Porque The Police demostraron ser verdadero reincidentes en esto de los amores patológicos. Veamos otros dos de sus mayores hits, Roxanne y I Can’t Stand Losin You, porque no tienen desperdicio. En Roxanne, un tipo que ha conocido a una prostituta –y se supone que se la ha trajinado, claro está, previo pago de una módica cantidad de dinero– también se obsesiona con ella. El putero, o digamos “joven chaval sin recursos estéticos o emocionales que se dedica a ir de putas cuando la líbido le impele a ello”, ese elemento, vamos, se propone que ella deje la calle y poco menos que se case con él. Pero lo cojonudo es que ni siquiera le da a elegir. Se lo iimpone, POR SUS SANTOS COJONES…


Roxanne, you don't have to put on the red light

Those days are over

You don't have to sell your body to the night


Roxanne, no tienes por qué ponerte en la luz roja, esos días se terminaron. No TIENES QUE VENDER TU CUERPO A LA NOCHE.


Roxanne

You don't have to wear that dress tonight

Walk the streets of money

You don't care if it's wrong or if it's right


Roxanne, -a ver, chiquitina, un poquito de por favor, eh?– no tienes que llevar ese modelito esta noche. Hacer las calles por dinero, no te importa –un huveo– si está mal o está bien.

Por lo que llevamos visto, el tipo le está diciendo con buenas palabras que se acabó. Que no le toque más los c*****s y se dedique a hacer macramé en sus ratos libres mientras él trae el pan a casa. Porque se van a casar, eso está claro, vamos, digo yo. Lo que pasa es que esto es más bien una comedura de tarro del tipo, porque casi no le ha dicho nada, por lo que dice a continuación.


I loved you since I knew you

I wouldn't talk down to you

I have you to tell just how I feel

I won't share you with another boy


Te quise desde que te conocí –imagino que bíblicamente–, no me hubiera rebajado a “hablar” contigo, tengo que contarte lo que siento, NO TE COMPARTIRÉ CON OTRO CHICO.


I know my mind is made up

So put away your make up

Told you once I won't tell you again

It's a bad way


Lo tengo bien decidido, así que quítate el maquillaje, te lo dije una vez, no te lo dire otra… ES UN MAL CAMINO.


Bueno, bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? Un tipejo que apenas ha cruzado tres palabras con ella, que se ha enamoriscado como un bufalo de una búfala en medio de un páramo de Alabama, que está decidido a que ella sea su chica y que recurre a la amenaza tácita para decirle que se vaya con él. No le regala flores, no la lleva al cine, no la convence charlando o buscándole otro curro más decente, no. Sólo le dice: mira, nena, quítate el maquillaje que ahora tu chulo soy yo, y vas a trabajar solo para mí, claro. Como se ve, este tío es un portento. Y un encanto.

Ahora creo que Roxanne es la primera parte de Every Breath You Take. Primero la amenaza para que ella se vaya con él, luego ella le deja y él la vigila. ¿Qué vendrá después? Sólo hay dos posibles soluciones, y las dos contienen la palabra que empieza por M y que nadie quiere pronunciar. Y no es mierda.


I've called you so many times today

And I guess it's all true what your girlfriends say

That you don't ever want to see me again

And your brother's going to kill me and he's six feet ten

I guess you'd call it cowardice

But I'm not prepared to go on like this


Te he llamado mogollón de veces hoy, y creo que es cierto lo que dicen tus amigas, que no quieres verme otra vez, y tu hermano va a matarme y mide dos –putos– metros. Creo que lo llamas cobardía, pero no estoy preparado para seguir así.


I can't, I can't, I can't stand losing

I can't stand losing you

No puedo, no puedo, no puedo soportar perder…

No puedo soportar perder.. te.


Vemos que el tipo ha evolucionado hacia una autocompasión muy peligrosa desde que Roxanne le dejó. De la obsesión ha pasado a la depresión, y de la depresión a la desesperación.


I see you've sent my letters back

And my LP records and they're all scratched

I can't see the point in another day

When nobody listens to a word I say

You can call it lack of confidence

But to carry on living doesn't make no sense


Veo que me has devuelto mis cartas, y mis discos de larga duración están todos rayados –menuda clase de p***a podría hacerle eso a un tío como Sting, joder (sollozos infantiles por el ídolo que está a punto de sucmbir a la frustración)– . No veo el objeto de otro día más, cuando nadie escucha ni una palabra de lo que digo. Puedes llamarlo falta de confianza, pero seguir viviendo no tiene sentido.

Aquí ha caído en una de las paradojas de Nietzsche, la falta de sentido de la vida. El existencialismo, Camus, Sartre, La náusea, la bulimia… Está muy jodido, el tipo.


I guess this is our last goodbye

And you don't care, so I wont cry

But you'll be sorry when I'm dead

And all this guilt will be on your head

I guess you'd call it suicide

But I'm too full to swallow my pride


Creo que este es nuestro ultimo adiós -¡adiós!– y a ti no te importa así que no lloraré –eso sí que no me lo creo–, pero lo sentirás cuando esté muerto y toda esta culpa esté en tu cabeza. Creo que lo llamas suicidio –me parece que sí, chaval– pero estoy demasiado harto para tragarme mi orgullo…


Así que me mato, afirma el tipejo. Si fuera español, la tal Roxanne no se iba de rositas, eso os lo aseguro. Pero es inglés, de modo que el tipo se va a suicidar. Así de sencillo, limpio, sin otras muertes que pudieran enfangar la consumación del más sincero y antieconómico acto que hombre alguno pudiera realizar: matarse a sí mismo, cuando hay tanto trabajo por hacer en este p***o mundo.

Este estudio ha demostrado, creo que no hace falta repetir cómo, que Sting y sus amigos se regodeaban con un humor no falto de gracia en las desgracias ajenas, y que solían adentrarse en amores completamente insanos que la gente ha tomado por idilios jodidillos pero al fin y al cabo, así son los amores… pues no. No señor, no, estáis muy confundidos. Así no son los amores, y ver estas letras como tiernas canciones de amor que se graban en un compacto a la chica de tus sueños… no es sano, muchachos. Os lo dice el Feto Malayo, que de eso sabe un rato. Que tengáis dulces sueños y no os obsesionéis con la peña. El estrés causa cáncer y dolor de estómago, y según dicen ahora los expertos, incluso engorda. ¡Por Santa Oria, que está en la gloria, tened cuidado con los amores psicóticos!


EL FETO MALAYO

domingo, 18 de julio de 2010

ARTISTAS COBARDES


En las ramas artísticas se produce un hecho que no creo que se repita en ningún otro campo profesional. Los encargados de velar por los intereses de los artistas son o fueron o querrían haber sido, en su mayoría, artistas también. Me centraré en el mercado –utilizo la palabra a conciencia– de la literatura, que conozco con cierta precisión, y tomaré uno de los muchos satélites que orbitan en torno a las creaciones que nosotros producimos. Por ejemplo, los críticos. No vean en mi argumentación motivos de índole revanchista, aunque podría haberlas, pero trataré de ser objetivo en todo momento. Un crítico ama la literatura, ¿no es cierto? Y lo más probable es que, como cualquier otro mortal, haya garabateado cientos o miles de líneas con un afán artístico en algún momento de su vida. Es difícil sustraerse a lo que uno ama. Y más todavía ver cómo el objeto de nuestra pasión florece en otras manos. Dependemos, pues, de artistas frustrados que no consiguieron o no tuvieron el talento suficiente, y que se quedaron en el estudio, en la comparación, en la pasividad activa del que escribe textos vicarios de otros textos.

Por no hablar del mundo de las editoriales, pandemónium en el que se funden todas las virtudes y los defectos propios de la toma de decisiones con un fin mercantilista. Lo que sucede es que el arte, el ARTE, es un terreno resbaladizo en el que lo que hoy no es válido, mañana causa furor. Lo que un editor desprecia, otro lo alaba. Lo que un gusto maximiza hasta la genialidad, otro lo denosta como plagio. Y si a esto le sumamos que casi todos los que trabajan en las editoriales –desde el empresario hasta el último lector de la cadena– suelen haber tenido o tienen o quisieran haber tenido veleidades artísticas, nos encontramos ante un conjunto de seres que sufren del mismo mal de los críticos y, en el fondo, envidian a los que deben servir.

Si comparamos esta situación con la de otros profesionales, veremos la irracionalidad de la escena que nos ocupa. El constructor de una edificación no quisiera ser su propio comprador y, desde luego, no tiene por qué envidiar a sus clientes. El banquero no es un ahorrador frustrado. Y, en definitiva, cualquier profesional que se precie no trabaja envidiando a su clientela, la que precisamente le da de comer. Sin embargo, críticos, profesores de literatura, editores, lectores por encargo, correctores, y toda la gama de puestos que rodean a un escritor, se acercaron a este mundo –en una gran mayoría– atraídos por el prurito de devenir, si fuera posible, en escritores o en artistas. Pero como el que no se dedica a una sola cosa, no suele tener éxito –salvo casos rarísimos como David Bowie o Richard Branson, el propietario de Virgin–, terminan por engrosar la infinita lista de los artistas frustrados o poco talentosos o, simplemente, cobardes, y en el fondo de sus almas –de sus benditas e inocentes almas– albergan un resentimiento visceral contra el mismo mundo al que idolatran y contra las personas para las que trabajan, que somos los artistas. Lo cual genera muchísimos problemas de toda índole, entre ellos que sea tan difícil para un autor novedoso hacerse valer, y sobre todo si posee ideas rompedoras y talento, porque lo que menos se perdona en este país es que alguien tenga talento pero carezca de los soportes sociales para demostrarlo.

Esta guerra secreta del mundo literario –del arte en general– contra la propia literatura –contra el propio arte– ha hecho mucho daño, y continuará haciéndolo, pues la lógica de los acontecimientos indica que todo seguirá por el mismo camino por los siglos de los siglos.

EL FETO MALAYO

lunes, 21 de diciembre de 2009

BOLAÑO'S EMULATIO (y III)


Me mira y a veces parece que me sonríe, pero no lo hace, sólo que sus ojos sí me sonríen, con ese brillo ardiente que tiene el deseo cuando hace calor y los hombres son observados por mujeres de nariz aflautada que sienten deseo hacia ellos pero no se atreven a sonreir. Entonces comprendo que ella es mi novia, o que yo la concibo ya como tal, y que a pesar de haberla conocido hace tan sólo unos días, unas semanas, unos meses, la amo. Antes de volverme, sin embargo, puedo ver que en sus ojos hay un brillo acerado, una conmiseración amarga bajo el velo de atracción, y pienso –por primera vez pienso– que quizás su mirada no fuera dirigida a mí sino al otro hombre, a ese grandullón rubio que se acoda junto a mi butaca y que dentro de poco voy a describir.
La otra mujer dice algo. Es una tontería, un comentario fuera de lugar sobre una canción caribeña muy movida que habla de celos y de traición y de calor en las entrañas. La mulata tiene los labios muy grandes y los ojos redondos. El escote amplio deja al descubierto unos pechos con la forma de pipas de girasol peladas, con la punta hacia abajo, muy, muy grandes. Son pechos que hierven al son de una música extraña, tan ajena a las mujeres de mi país, tan frías y con las tetas más pequeñas, con forma de frutos diferentes, como pipas de calabaza o limones o manzanas o melones cuando son grandes, pero nunca pipas peladas de girasol o granos de maíz. La otra mujer ha dejado de mirarme, lo noto, y justo entonces siento la mirada del tipo que tengo a mi derecha.
Es rubio, con la mandíbula enorme y los ojos neblinosos de los borrachos malintencionados. Sin embargo, no está borracho. Ahora me mira con descaro y dice algo sobre la canción que me atañe, algo así como "el gallego no captó la jugada", o "el gallego no sabe de cartas", o "el gallego simplemente es idiota". Y hubiera dado igual lo que el otro tipo hubiese dicho, porque siento que hace tiempo que le tengo ganas y lo miro con asombro, como si no hubiese podido o no supiese escuchar a alguien cuando me insulta de forma tan súbita, tan irremediable, tan gratuita.
Entonces el rubio me da una cachetada en la cara, algo que quiere aparentar ser cordial y en realidad es una amenaza, un chantaje, una burla nefasta que me reduce al rango de un niño ante el resto de los presentes, que son mujeres y me miran con una mezcla de divertimento y compasión, y entiendo que lo que quiere decirme el muy cabrón es que la chica de nariz aflautada lo deseaba más a él que a mí, y entiendo que su burda boca ha recorrido su cuerpo antes que yo, entremedias de mí y justo después, en una traición que no tiene nombre y que los tres –la chica india, la negra y el rubio de barbilla elefantíaca– comparten, y comprendo que lo que hubiera podido resultar una noche de frágil continuación de la burla terminará como el rosario de la aurora.
No obstante, opto por callarme, por mantener un silencio que me transforma automáticamente en un verdadero idiota, en un necio que no sabe si lo es o si sólo lo finge, porque a veces el criterio de los demás pesa tanto que vuelca la realidad hacia un punto u otro de la balanza. De modo que sonrío, le tomo de la mano y le tiro el contenido de mi vaso de ron a la cara, sin más. Me sale de pronto, un gesto fulminante que provoca un bufido del rubio y sus ojos cerrándose en un reflejo protector de la ola que se le viene encima, un reflejo que llega demasiado tarde porque para cuando los cierra el alcohol ya ha entrado en sus ojos y sutura sus córneas como un ácido.
Mis sienes se estiran hacia abajo o hacia los lados, mi frente se crispa en un movimiento autónomo que cimenta todo mi ser, una rabia incontenible que me hace heredero de los matones de barrio, de los macarras brutales, de los verdugos del medievo, y de un rodillazo lo planto en el suelo, toda su enorme anatomía desplegada sobre el suelo del lugar, que podría ser un bar madrileño o un restaurante de lujo o un pub londinés pero que sólo es una terraza que linda con la selva, un sitio remoto al que no ha llegado del todo la civilización porque se iba quedando por los rincones de los caminos. Y entonces SIENTO que ha llegado el momento de hacerlo.
Poseído por una fuerza inhumana, aprieto el vaso entre mis manos y le descerrajo uno, dos, tres golpes que lo van tiñendo de sangre, un líquido bermejo que se va derramando por todos lados, que salpica y hace gárgaras y burbujas en su tráquea destrozada, en su pecho abierto, en sus manos bestiales que no alcanzan a encontrar su presa y terminan por agotarse en el aire, asfixiadas por ese mismo líquido que debía nutrirle, que lo alimentaba y lo hinchaba como un globo de rubia radiación.
Finalmente, me iergo sobre su cuerpo macerado por los golpes, sin escuchar los gritos de las mujeres, a medias satisfecho de mi reacción y a medias avergonzado, un poco tembloroso y aún tenso, jadeante, me vuelvo hacia ellas y dejo caer el vaso, sabedor de que lo único que me resta por hacer es huir, alejarme hacia esa selva que me espera, que ruge en mi interior y que jamás, en el fondo, ha sido domesticada.
El feto Malayo

viernes, 18 de diciembre de 2009

BOLAÑO'S EMULATIO (II)


En la situación, estoy tranquilamente sentado junto a más personas, en concreto dos mujeres y un hombre, puede que alguien más haya formado parte del grupo pero ya no está o se ha ausentado por un rato. Las dos mujeres son bellas, cada una a su estilo, las dos mestizas, una medio india y la otra medio negra, y mueven sus labios al compás de las canciones que suenan proyectándose desde unos altavoces lejanos, que retumban haciendo vibrar un poquito la mesa, las sillas de mimbre, los vasos. Tomamos unas copas tras lo que ha debido de ser una cena opípara o bien una tarde compartida, de esas que ciertos amigos o conocidos ocasionales disfrutan cuando viajan juntos, en partidas de turistas que se unen por el simple concurso del azar, sólo que en este caso éramos conocidos breves y hacíamos como que éramos turistas ocasionales en lugar de conocidos breves o amigos superficiales.
Bebo una sustancia alcohólica, que podría llamar whisky y que realmente –si la situación FUERA real– sería ron añejo o algún otro licor dulce, mientras los demás beben licores de alta graduación, que podríamos llamar whisky o vodka pero que en realidad –si FUERA real– sería cachaza o tequila o ron blanco, mezclados entre sí o con otras bebidas alcohólicas o zumos o refrescos.
Hace calor. Es un dato que no he logrado precisar, pero creo que es así. Digo que hace calor porque si no no se entiende que lleguemos a finalizar la velada como imagino. Hay reacciones que en un ambiente frío no se entienden o no son demasiado lógicas, aunque en sí la reacción no sea lógica sino irracional, pero es que con calor la irracionalidad parece mucho más comprensible, aceptable e incluso necesaria.
Una de las dos mujeres me mira. Me mira mucho, con sus ojos achinados de india, es joven y tiene la nariz aflautada. Aflautado es un adjetivo que normalmente se aplica a las voces y suele querer decir "agudo", "infantil", "amanerado", pero que aplicado a una nariz significa simplemente "con forma de boquilla de flauta", es decir, apretada en los lados y larga, y también recta, como haciendo una leve curva justo entre su base y la punta, que cae como la cuña que se introduce en las flautas dulces para poder soplar por ellas y luego limpiarlas.

EL FETO MALAYO

lunes, 14 de diciembre de 2009

BOLAÑO'S EMULATIO (I)


Estoy leyendo a Roberto Bolaño –también he visto a medias un documental en Youtube en el que aparece hablando con un periodista chileno, en el que su voz reverbera fantasmal, cortado en seis capítulos de los cuales sólo he acertado a ver dos y medio, y ese medio apenas del todo, sino dos o dos minutos y diez o quince segundoss de voces latinas, tan equiparables para el oído injusto y colonial de los españoles, tan diferentes realmente entre sí–, leyendo digo su novela, y de pronto leo un pasaje en el que Espinoza y Pelletier, dos de los protagonistas de la primera parte, le dan una soberbia paliza a un taxista pakistaní que trabaja en Londres o London o Londinium, según el idioma o el momento histórico o las preferencias del lector.
Y al leerlo, al sentir en mi piel el hilván gozoso de la narración –casi nazi, casi exagerada, total y políticamente incorrecta– me ha dado por imaginarme a mí en una de esas situaciones con desconocidos o conocidos a medias, que al fin y al cabo suelen ser casi todos los que venimos a conocer a lo largo de nuestras largas y occidentales vidas, una situación en la que vivo fuera de mi país, que por el momento es España, y en ese otro –o esotro– país en el que resido o vivo me da por matar a una persona.
El hecho no es intrascendente, sino más bien crucial.
No se mata a alguien en la imaginación por gusto, o por capricho, o por mero aburrimiento. Se mata a alguien porque se tiene la necesidad imperativa de hacerlo, y si se hace, o más bien si alguien como yo hace algo, lo hace a conciencia.

(CONTINUARÁ...)

EL FETO MALAYO

miércoles, 18 de noviembre de 2009

HISTORIA UNIVERSAL DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS (2)

LOS FALSOS APÓSTOLES DE LA LITERATURA O DE POR QUÉ UN MICROCUENTISTA ES UN HOMBRE SABIO Y UN LITERATO MEDIOCRE (Y 3)



Soy el feto malayo.

Llevo bastante sin publicar. Creo que debo una explicación a mi reducido público.


Durante varias semanas, unos terroristas burocráticos me han tenido secuestrado en un instituto de secundaria. Me han obligado a hacer cosas indescriptibles. He asistido a cincuenta claustros seguidos. He puesto quinientas notas de alumnos inexistentes. Me han obligado a masturbarme viendo la foto de la directora. Ha sido la peor experiencia de mi vida, después de que alguien me explicara que los gusanitos están hechos de plástico y quemara unos cuantos delante de mí con un mehchero para que lo comprobase.
Gracias a la intervención de una enfermedad, he logrado escapar de sus garras. Ahora, estoy en condiciones de afirmarlo: He vuelto.


Según decíamos ayer, el tema de nuestro miniensayo versaba sobre los falsos apóstoles de la literatura, o de por qué un microcuentista es un hombre sabio y un literato mediocre. Hoy nos centraremos en concreto en la primera premisa: por qué son hombres sabios. Pues está claro. Porque utilizan su inteligencia al máximo para, con el mínimo esfuerzo, obtener el máximo –de nuevo, ese adjetivo tan pagado de sí mismo– resultado. En definitiva, que mueven el mundo usando de palanca un concepto tan simple como: el buen cuento no tiene por qué ser muy extenso –ni siquiera extenso–, basta con que exprese una idea, aunque fugaz y poco sólida, para convertirse no sólo en literatura, sino en LITERATURA –para los tardos de reflejos, es literatura con mayúsculas, o sea, canónica–.
Hay que joderse, citando a Cela o a mi abuelo que en paz descanse. ¡Hay que joderse! ¡Síííííí, JODERSE! Pues no tengo los dedos pelados de tanto teclear para que me vengan ahora esos mamarrachos a decirme lo que es canónico y lo que no. Hombre, que los microcuentos poseen su belleza, eso nunca lo negaré. Sería una torpeza por mi parte, y más teniendo en cuenta mi marcado carácter iconoclasta. Pero comparar el David de Miguel Ángel –que bonito nombre, por cierto– con un dedo en mitad de un pedestal me parece sacar las cosas de quicio. Voy a decir algo que está muy mal visto –¿desde cuándo me importaron ese tipo de minucias?–, sobre este polémico tema, y de paso fastidiarles un poquito el negocio a esta panda de charlatanes de feria que venden sus microhistorias como si hubieran descubierto la piedra filosofal.
Vamos a ver, chavalines, en el microcuento no hay desarrollo de los personajes.
No hay una trama definida.
No hay descripciones curradas.
No hay un tono mantenido.
Con el microcuento no se puede forjar un esstilo.
No se pueden probar técnicas diferentes.
No se puede, ni siquiera, detallar un acto sexual con un mínimo de pasión. Ahora que he dicho esto, comienzo a comprenderlo todo. Pero más allá de sarcasmos, lo único que quiero decir es que, por mucho que se ensalcen los méritos del microcuento, nunca –NUNCA– podrá tener la calidad de una buena novela o de un buen cuento. No es posible. It's not possible. C'est ne pas posible. Wan chin gao. Auuuuh sikooo manutebol. (Nota del traductor: estas dos últimas oraciones se corresponden, respectivamente, con el cantonés sureño y con el aullido de un lobo aficionado al baloncesto de los ochenta). Pues eso. Que no, hombre, que no. Y si me apuran, diría también –esto podría motivar otra de mis intervenciones justicieras– que un cuento es difícilmente bueno si no sobrepasa las veinte páginas, salvo excepciones honrosas, por supuesto, como La pata de mono (Jackobs), El corazón delator (Poe), Las interioridades (Palma) y Ceremonia (Salmón). Digo estos cuatro porque se me han venido a la cabeza, no porque sean los únicos, por supuesto.
Y para terminar, tras haber justificado convenientemente mi postura al respecto –una postura antisocial, antidiplomática y antigénica–, es decir, tras haber dicho por qué los microcuentistas son hombres sabios y literatos mediocres, voy a probar un haiku-greguería-microrrelato que espero haga las delicias de mis millones de lectores por el mundo entero:


El verde nardo
se acicala
en la pradera desierta de nubes.

EL FETO MALAYO

lunes, 19 de octubre de 2009

HISTORIA DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS

2.- LOS FALSOS APÓSTOLES DE LA NUEVA LITERATURA O DE POR QUÉ UN MICROCUENTISTA ES, EN REALIDAD, UN HOMBRE SABIO Y UN LITERATO MEDIOCRE. (2)



Continuando con el tema que nos ocupa, algo parecido al señor Bush nos sucede a los que vemos cómo otros consiguen vivir no ya del cuento, sino del minicuento, actores porno de un mundo de plastilina en el que el tamaño importa, sólo que cuanto más pequeño, mejor. Increíble, nos decimos, es increíble cómo han conseguido engañar a tanta gente para que pague por sus libros, por sus artículos y ¡por sus cursos! Al contrario que la novela o el cuento tradicional, que requieren talleres que no superan las diez o quince horas lectivas, el microcuento requiere cientos y cientos de horas de aprendizaje concienzudo. A veeeer, la eme con la a, ma, la ele con la o, lo, ¡malo! Ya tenemos el primer adjetivo de nuestro microcuento. Ahora faltan, nada menos, que seis o siete sustantivos más, un par de preposiciones, un determinante por aquí, otro por allá y, si alcanzamos a darle forma, obtendremos un pulido microcuento-haiku-greguería que dejará espantados a nuestros compañeros de curso: el niño malo recibió la pelota de su compañero y salió corriendo. Detrás, el semáforo verde contemplaba con su ojo al conductor desencajando de su parachoques el cuerpo inerte de su amiguito...


[Vale, es malísimo, pero creo que con cien horas más y una sufrida práctica de veinte o veinticinco microcuentos, llegaré a hacer algo decente.]


Y esto es todo por hoy, la próxima semana continuaremos con la tercera y última parte de este segundo capítulo de la Hisotira de la literratura por fascículos, queridos amigos -casi me quedo sin aire, coño-.



El feto Malayo.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

HISTORIA UNIVERSAL DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS

2.- LOS FALSOS APÓSTOLES DE LA NUEVA LITERATURA O DE POR QUÉ UN MICROCUENTISTA ES, EN REALIDAD, UN HOMBRE SABIO Y UN LITERATO MEDIOCRE. (1)




Como dijo Arquímedes, "dadme un punto de apoyo y moveré el mundo". Ésta, en la actualidad, es la premisa que mueve a los microcuentistas. Aunque mi afirmación pueda inducir a dudar de nuestra cordura –por si todo este blog ya no fuera ya prueba suficiente–, guarda en su interior cierta verdad. Muchos opinábamos –no hace falta ser Einstein para verlo– que un microcuentista es, en realidad, un cuentista vago o un poeta prosaico o un arribista poco creativo. Sin embargo, no sabíamos cuán equivocados estábamos. Bueno, retiro lo anterior: es cierto, vale, son una panda de vagos, pero habremos de darles algún mérito, porque han conseguido poner de moda algo que, en escultura, equivale a cincelar el dedo gordo del pie de una estatua y exponerlo por todo el mundo como si fuera la última maravilla, diciendo: mírenlo, ¿no es increíble? ¿no expresa algo distinto, genial, a medio camino entre la poesía y la mística, entre el cielo y la tierra, entre la verdad y la mentira, bla, bla, bla y bla bla bla y ¡bla, bla, bla! e incluso blaaaaaaaaabla? ¿Eh? ¿Es que no tienen razón? ¿Qué se siente al ver ese dedo ahí solito, señalando algo que no se sabe bien qué es, sobre un pedestal inmenso de mármol que ha debido de costar un ojo de la cara –pongamos en literatura que hablamos de una edición en rústica de Monterroso–? ¿Eh, díganme? ¿¡Es que no es la leche!? –por citar a Superlópez. Y si ese microescultor consigue vivir de ese dedo y de un ojo y una rodilla y un hígado de gomaespuma y de un prepucio de látex, trabajando diez, veinte, cien, mil veces menos que otro que se mata a currar como un verdadero cabronazo, que pule un David enorme, que hace algo grandioso pero visto, ¿es que acaso ese microescultor no es un genio? En efecto, no hay modo de que me contradigan. Es un maldito genio, por citar al presidente Bush en el momento de ver cómo un chimpancé deglute una galleta sin atragantarse.



EL FETO MALA YO

martes, 22 de septiembre de 2009

HISTORIA UNVERSAL DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS

CAPÍTULO 1 - EL ESCRITOR Y EL EL TIEMPO (5)



Hasta aquí, hemos realizado un análisis sesudo y directo de los escritores a lo largo de las época. Sin embargo, lo peor aún no ha llegado, porque no he hablado del TIEMPO todavía, la segunda parte del asunto. Resulta que ahora todos tenemos que trabajar. Sí, no hay nadie que pueda estar tranquilo mientras los demás sufren deslomándose, ni la santificadora salida de hacerse cura, porque todos –TODOS- tenemos que aportar a este sistema nuestro granito de arena. Eso significa: trabajar de diez a doce horas al día, ya se sea currito de la construcción o gran empresario. En un mundo así, nadie puede escribir, a no ser que robe un tiempo diario –o un par de años– a su aportación a la sociedad para poder escribir su primera novela. El esfuerzo es tan grande que queda agotado, y entonces envía la novela de marras a varias editoriales, premios, por si suena la flauta. Y entonces pueden pasar dos cosas:

1.- Que suene la flauta: tenemos el nuevo best seller del año.
2.- Que no suene, en cuyo caso tenemos otras dos posibles soluciones:
2.1.- Que el escritor abandone, en cuyo caso estamos ante un escritor frustrado.
2.2.- Que el escritor siga escribiendo, en cuyo caso tenemos un escritor resentido, que tarde o temprano se convertirá en un escritor "de culto", que es como decir un escritor fracasado que ha seguido escribiendo y que es leído por otros escritores fracasados o "de culto", que es como chupársela a uno mismo pero en grupo, que mola más.

No nos engañemos. Ya no podrá haber Dostoievskis, ni Tolstois, ni Nabokovs, -a no ser que pertenezcan al ramo del profesorado de universidad, claro está–, porque un buen escritor difícilmente tendrá éxito. Y si lo tiene, estará entre las rarezas, no entre las dos rayas que marcan la norma. Porque no hay tiempo para más. El que llega, ha de llegar rápido. Si no, la sociedad le pide cada vez más tiempo, más tiempo, hasta que no puede escribir ni una línea, hasta que no tiene la lucidez ni el deseo necesarios –y mucho menos la originalidad– para alcanzar su propia voz. Este es el proceso, de un modo más o menos objetivo, y el final de nuestro primer capítulo de la Historia Literaria Universal.



EL FETO MALA YO

viernes, 18 de septiembre de 2009

HISTORIA UNIVERSAL DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS

EL ESCRITOR Y EL TIEMPO (4)






Hemos llegado, pues, a la edad contemporánea, que es toda aquella en la que uno esté implicado y no pueda salirse, por lo que algunos eruditos han dado en llamarla "edad telaraña" o "edad hipotecaria".




Y es en este mundo moderno donde se produce el fenómeno más extraño de todos. Ahora, ya no existen casi nobles o curas o burgueses, y tampoco obreros o esclavos, sino que todos nos hemos mezclado –en apariencia–. Los obreros empezaron a estudiar, tuvieron hijos ingenieros y médicos y filólogos, y los burgueses tuvieron hijos tontos que se hicieron constructores, y la cosa parecía equilibrarse, porque se escribía de todo y apareció el existencialismo, y el nouveau roman, y la novela indigenista, y la negritud, y el feminismo, y la poesía del veintisiete, y el teatro del absurdo, y Stanislav Lem y Nabokov –que con ese nombre jamás hubiera tenido éxito en un país civilizado como España, porque kov, como todo el mundo sabe, es una metáfora de polla– y Carver y Auster y al final los bestias de Palahniuk y Houellebecq, que son el punto culminante de todo ello, porque los dos son hijos de proletarios y han llegado a lo más alto cagándose en la sociedad, haciendo apología del terrorismo y de la perversión, y parece que todo se ha arreglado, ¿verdad?



Pues no. Resulta que esto es sólo un espejismo, porque lo que ha sucedido es que el sistema para llegar a ser escritor ahora es una puta lotería. Antes, si se nacía noble, por lo menos se sabía que se iba a llegar a ser un escritor decente. Ahora, en cambio, se depende del mercado. Y ese mercado, que antes formaban nobles, con gustos mejores o peores, pero con educación sólida, ahora está formado por esa mezcla rara entre arribistas y decadentes, entre ingenieros especializados y constructores con miras amplias. Y resulta que ambos, que son escritores potenciales, en realidad son analfabetos funcionales, que es un analfabeto que sabe leer y escribir pero que no ha leído ni a Marx ni a Stendahl ni el noveau roman ni falta que le hace, porque ahora con tener un título y haber leído a Fernando Sabater y a Muñoz Molina se es un erudito. Así que el escritor depende ahora de un atajo de analfabetos funcionales que tienden –por antonomasia– a leerse entre sí.




EL FETO MALA YO

lunes, 14 de septiembre de 2009

HISTORIA UNIVERSAL DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS

EL ESCRITOR Y EL TIEMPO (3)



Llegamos, pues, a la Edad Moderna y luego a la Industrial, cuando –en apariencia– se han acabado los nobles y los curas y han aparecido los "burgueses" y los "obreros", que son los nuevos "nobles – curas" y los nuevos "esclavos". Lo único que cambia es que ahora lo importante es el trabajo, que produce capital. Este capital es tiempo –tiempo para escribir, por supuesto–, y los burgueses tienen todo el capital y los obreros nada, o sea, que los burgueses pueden escribir y los obreros ni siquiera saben, que es algo parecido a lo que sucedía en la Antigüedad.


Entonces, hartos de que sólo escriban los burgueses sus gilipolleces ilustradas y románticas, llegan Karl Marx y Stendahl, que cada uno por su lado va a minar la sociedad y la literatura de la época. Marx consigue que los obreros quieran ser burgueses, y Stendahl consigue que los burgueses se interesen por la realidad y escriban sobre los obreros. Y eso revoluciona el mundo, porque de pronto se pide la educación universal y el sufragio universal y la igualdad de derechos y se arma la marimorena, porque los obreros dejan de trabajar como borregos y se matan por mejorar la sociedad y los burgueses dejan de escribir gilipolleces y se preocupan de mejorar la sociedad, y entonces la sociedad parece que mejora poco a poco, llega la revolución francesa primero y luego la soviética y entonces se arman dos guerras mundiales y luego viene el mundo contemporáneo, en el que vivimos y escribimos nosotros.



El feto malayo.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

HISTORIA UNIVERSAL DE LA LITERATURA POR FASCÍCULOS

EL ESCRITOR Y EL TIEMPO (2)

Pasemos ahora a la Edad Media. Entonces se introduce un elemento nuevo: los curas. Estos son unos seres vivos humanoides, que se caracterizan por tener origen más bien esclavo y ambiciones más bien nobiliarias. Y, ustedes se preguntarán, ¿cómo demonios consiguen los curas dejar de ser esclavos para pasar a ser nobles y adquirir el conocimiento y el tiempo necesarios para escribir? Pues muy sencillo: inventando lo que se ha dado en llamar Cristianismo y, dentro del Cristianismo, el Servicio a Dios.
Gracias al Cristianismo, los curas pudieron:

1.- Aprender a escribir, enseñados por curas más viejos.
2.- Tener tiempo para escribir.

Lo primero que hicieron fue convencer a los nobles y a los esclavos de que sin Dios no había dios que estuviese en gracia con dios, y que si no se estaba en gracia con el Altísimo –como si Dios fuera un jugador de baloncesto, perdonen la intromisión, no pude evitarlo– y, digo, si no se está en gracia del Altísimo, entonces dios se caga en dios y te manda al infierno, a pudrirte y a desangrarte y a quemarte hasta que te salgan los humores corporales por las orejas y los esfínteres y luego resucitas y así otra vez y otra y otra, que es más o menos la noción de infinito que había en la época. Ante una amenaza de tal calibre, todos dijeron: vale, vale, os creemos, pero a cambio vosotros no podéis follar.
Y ésa fue la condición que pusieron a los curas para que los curas pudieran escribir y tener tiempo para hacerlo, mientras los esclavos trabajaban para ellos y para los nobles. Así que, muchos esclavos inteligentes tuvieron que meterse a curas y dejar –o no empezar siquiera– de follar para tener estudios y tiempo para escribir. Esto, más o menos, es lo que pasa al final de El nombre de la rosa, donde Adso de Melk decide si sigue follándose a la campesina y tiene ochocientos hijos con ella y trabaja como una bestia para enfermar de lepra, sífilis –no olvidemos que su amante era un poco puta por cuestiones alimenticias– y peste bubónica, y morir a los treinta años hecho un saco de huesos, piojos, pulgas, ácaros y gusanos intestinales, ooooooo, por otro lado, vivir en un monasterio sin follar y poder escribir la historia de su maestro y dormir la siesta y beber aguardiente y morir a los ochenta años de puro viejo.
Ya veis, lo que sacrificaron los curas para poder escribir, nada menos que la parte más carnal y animal y sexual del ser humano, es decir, el uso de sus genitales con hembra, doncel o animal circundante que se avenga al trapicheo de flujos. Sin embargo, ellos –los curas, se entiende– inventaron varios métodos para sustraerse a la condición, a saber:

1.- Masturbarse a solas, lo que se denominó "alivio".
2.- Masturbarse de dos en dos, lo que se denominó "alivio en dúo".
3.- Masturbarse en grupo, lo que se denominó "coro de creyentes".
4.- Follarse a un monaguillo, lo que se denominó "catequesis".
5.- Follarse a otro cura, lo que se denominó "amor fraterno".
6.- Follarse a una monja, lo que se denominó "confesión purificadora".
7.- Follarse a sus prim@s, herman@s o demás parentela, lo que se denominó "servicios a la familia".
8.- Follarse a hembras o donceles no emparentados con ellos, lo que se denominó "servicios a la comunidad".
9.- Follarse a los animales domésticos que había en los conventos o monasterios, lo que se denominó "hacer el San Francisco", es decir, practicar el amor con los animales.

Y, aunque aparentemente no tenga mucho que ver con la literatura, sí que importa, porque luego vienen los malentendidos y las confusiones y es mejor dejar claras las cosas antes de seguir adelante.
To be continued...

El feto malayo,
(Yo nunca me callo)


martes, 8 de septiembre de 2009

FASCÍCULO 1 – EL ESCRITOR Y EL TIEMPO (1)


FASCÍCULO 1 – EL ESCRITOR Y EL TIEMPO (1)

Para el que no lo sepa, la palabra "fascículo" se compone de dos partes, fasci y culo, que viene a significar algo así como: el culo de un fascista, o: los fascistas son el culo, o: que les den por culo a los fascistas, consignas que me gustaría aclarar –antes de que un fascista me rompa el cráneo con sus botas paramilitares– que no comparto en absoluto, ya que yo no entiendo de política y que, aunque utilice la palabra fascículo –con perdón– para referirme al modo en que se distribuirá esta colosal Historia del Universo Literario, jamás ha sido mi intención meterme con los fascistas y mucho menos con sus culos.

Aclarada esta primera cuestión, me gustaría comenzar por el punto más importante de la Historia de la Literatura, ya sea china, mongola o magrebí, y es: ¿qué condiciona más la escritura, el escritor o el tiempo? Esta cuestión –por insólita no menos inquietante– tiene que ver con el proceso de forja de un escritor, y el tiempo de que éste dispone para realizar su tarea.

Como todo el mundo sabe, en la Antigüedad sólo escribían los nobles y los escribas. Los demás, simplemente, no sabían hacerlo, es decir, eran analfabetos puros. Y de los dos tipos de seres con capacidad escribiente, los escribas se dedicaban a pasar a limpio lo que los nobles escribían o dictaban. Así que los únicos que podían considerarse escritores eran los nobles, a través de los escribas.

Además, es que, aunque los demás hubieran podido o sabido escribir, no hubieran tenido TIEMPO para hacerlo. ¿Y saben por qué? Porque tenían que trabajar para los nobles, que poseían la tierra y muchas veces también poseían a los hombres que cultivaban esa tierra, llamados también esclavos puros. Casualmente, los esclavos puros coincidían casi por entero con los analfabetos puros.

Así que, visto lo visto, para escribir se necesita:

1.- Saber escribir.
2.- Tener tiempo para escribir.

Y aquí se acaba este primer fascículo, que continuará mañana si algún dios lo quiere y otros no se oponen.

El feto malayo,
pa serviles